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'El balón' Un relato de Juan Gallardo

'El balón' Un relato de Juan Gallardo

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Cuando las noticias del tiroteo llegaron a Andarax desde el otro lado del charco, la conmoción en el pueblo fue una cosa seria. 
Todo le pasa a este muchacho decían las viejas. 
De Alejandro nos llegaban noticias trágicas a espacios de poco menos de dos décadas.
No se habló de otra cosa durante meses. Todos tenían teorías, todos sabían algo que solo sabían ellos, atesorando la exclusividad que tanto se aprecia en los pueblos de menos de diez mil habitantes.
Las nuevas desventuras de Alejandro, sin embargo, me hicieron pensar, de entre todas las cosas posibles, en un balón de fútbol, 37 años atrás.
Aquellos años.
Eran los años en los que un niño podía consumir las horas que llevaban al crepúsculo deambulando con los amigos de barrio en barrio o perdiéndose en los caminos que conectaban Andarax con las pedanías colindantes. 
Eran los años en los que se hablaba de Franco como una sombra perdida en el pasado, pero todavía te pasabas los domingos hablando con la abuela de sus recuerdos de la Guerra Civil. 
Eran los años en los que los abuelos hablaban mucho menos que las abuelas (no hablaban casi nada), y tardé muchos años en entenderlo.
Eran los años en los que les pedías salir a las niñas y, si te daban un beso de tornillo, te convertías en el ídolo de todos tus amigos. En mi pueblo a eso le llamaban morreo.
Eran los años en los que te ponían una cerveza o un cacharro en un pub solo con que levantaras dos palmos del suelo, aunque te faltaran años para la edad legal. Los años en cuyas mañanas de sábado dejabas que La bola de cristal te llenara la cabeza de fantasías y te decía aquello de que tenías diez segundos para imaginar algo.
Soy un electroduende y nadie me comprende.
Eran los años de la segunda etapa de la EGB, cuando te pasabas una hora hojeando la revistilla del Discoplay, que la compraba uno y se la grababan veinte, porque no faltaba quien tuviera un radiocasete de doble pletina.
Ya no sé ni cuántas horas llevo sin sentarme decía tu madre.
Vete a la mierda, niño te decía tu padre—, que no dejas la maquinita.
Eran los años de la maquinita. Yo tenía una en la que había que pasar de un lado al otro de un río saltando por encima de cinco tortugas. Las tortugas se metían bajo el agua para comer peces y, si saltabas cuando la tortuga estaba sumergida, te ahogabas.
Eran los años sin aceleros, los años en los que la vida se movía hacia delante solo con observarla y esperar a que lo hiciera. Un día estabas en quinto de EGB y cuando te dabas cuenta estabas en octavo o en primero de BUP…
Eran también los años de las primeras despedidas, de las primeras decepciones. Los primeros malos augurios.
Para ir al cine aprovechabas un viaje a Almería o a Granada al médico de tu madre, de tu padre o de tu abuelo. Un amigo mío había visto Karate kid, y lo repetía cada vez que podía.
Yo he visto Karate kid.
Nos contó (y escenificó) la escena del salto final doscientas veces.
Eran los años del videoclub, de meterte en el pasillo de las películas porno, «a ver quién tiene el valor de alquilar una de estas».
Mira, niño, vuelve a poner esto en la repisa, que estás muy pequeño para estas cosaste decía el tío del videoclub. Y no volvías durante meses, muerto de la vergüenza.
Nadie sabe decir cuánto duró aquello. Les llamaban años 80. Yo me inclino por meterle unos cuantos noventas a esa época, pero es cierto que no hubo un primer día ni un último. La magia de mi infancia y primera juventud irrumpió cuando irrumpen mis recuerdos y se fue poco a poco cuando se empezó a hablar de los interneses y los mancuentros.
Mancuentros. Así les llamaron a los teléfonos móviles al principio.
Cada uno tiene su historia, por supuesto, y no debería generalizar, porque lo maravilloso para uno es un infierno para otro, y estoy seguro además de que entre lo que pasó y lo que recuerdo se abre una buena medida de idealización e interferencia de lo imaginado sobre lo ocurrido. 
Y, aun así, los recuerdos de aquellos años volvieron con las noticias del tiroteo y Alejandro Salmerón. Alejandro el gringo, Alejandro el vasco, el que se fue a América.
—Todo le pasa a este muchacho —decían las viejas.
Los recuerdos malos, los peores de aquella época idealizada, y el peor recuerdo, el recuerdo del balón.
Eran los años en los que los Reyes Magos te traían ropa, juguetes, una raqueta, una bici. Aquel año me trajeron un balón de fútbol, un Mikasa de aquellos con octágonos en vez de pentágonos, con triangulitos, blanco y negro. Recuerdo mi inmensa alegría al verlo. Recuerdo cómo brillaba el cuero blanco y la limpieza del hilo de sus costuras, brillo y limpieza que desaparecieron en pocos días, a fuerza de disfrutarlo.
Alejandro Salmerón, el de las noticias, era mi mejor amigo. Nos juntábamos cada tarde para jugar al balón, a veces en las pistas de la escuela, durante esa hora que seguían abiertas después de las clases. Al principio, jugábamos con docenas de niños, niños cuyo número iba bajando minuto a minuto. A las seis de la tarde cerraban la escuela y los niños que quedábamos nos íbamos al paseo, una plaza alargada ribeteada de álamos, cuyo follaje proyectaba su sombra sobre las losas amarillentas del suelo. 
Follaje. En aquella época no hubiera sido capaz de decir esa palabra sin reírme.
Cada noche terminábamos solos, Alejandro y yo, a patadas con mi Mikasa. Meter un gol consistía en colar el balón debajo del banco del adversario.
Siempre parecía que era otoño bajo los álamos del paseo. Con o sin hojas, las ramas de los árboles curvaban la luz y la difuminaban creando crepúsculos al mediodía, crepúsculos helados y crepúsculos ardientes, y sentías cómo los hilos de la oscuridad se tejían sobre la piedra.
Ya estábamos los dos solos cuando Alejandro me dio las malas noticias. 
Eran los años de las primeras decepciones.
—Me voy de Andarax, amigo me dijo.
Se iba con su familia a vivir al País Vasco, un sitio que quedaba tan lejos que igual me hubiera sentido si me hubiera dicho que se iba a vivir a la Luna.
Ahí es donde están los etarras le dije haciéndome el duro, aunque podía sentir las lágrimas detrás de los ojos.
Eran los años del terrorismo de ETA. Recordé un atentado especialmente brutal que había ocurrido recientemente en Madrid: habían puesto una bomba cerca de un autobús que llevaba guardias civiles. Se decía que uno de ellos había muerto con el corazón atravesado por la barra que tienen los autobuses para agarrarte cuando vas de pie. 
Es uno de esos recuerdos que pongo en duda, porque años después vi una película sobre la vida de Frida Kahlo en la que se veía la imagen de la pintora con el cuerpo atravesado de esa manera tras un accidente en el que el autobús chocó con un tranvía. Recuerdo que le caía oro en polvo encima y pensé en la humedad de la sangre y en el frío del acero traspasándole el vientre. 
Ya sea un recuerdo inventado o añadido años después, recuerdo esa sensación de frío y humedad ante la noticia de la inminente despedida de Alejandro Salmerón. Recuerdo que sentí miedo por el padre de mi amigo, un guardia civil muy respetado y muy querido en Andarax, con fama de ser un tío muy inteligente.
Mi padre va a trabajar en Vitoria de ingeniero me contó—. Es un trabajo en el que va a ganar mucho más dinero, y necesitamos tener más, según dice mi madre.
El frío, la humedad.
—¿Para qué necesitáis más dinero?le pregunté yo.
Eran los años en los que todavía se hacían preguntas como «¿Para qué necesitáis más dinero?».
Alejandro parecía decidido a contarme más detalles, pero yo sabía que, si seguíamos con la conversación, iba a romper a llorar (¡y eso no podía ser!), así que le dije «Vamos a jugar» mientras pateaba mi balón entre las patas del banco que hacía las veces de su portería.
Era la época del año en la que el Sol se escondía alrededor de las siete, en anticipación del agridulce cambio de hora, ese día en el que había que dormir una hora menos, pero el día parecía alargarse una eternidad.
Recuerdo los regates, los disparos y los goles, la comunicación entre dos críos a fuerza de patadas al cuero blanco de un balón Mikasa. Recuerdo que manteníamos siempre un ojo en el balón y otro en la calle. Más de un gol no se metió porque en ese momento pasaba un coche al otro lado del banco.
Recuerdo que le hice un caño a Alejandro, golpeé con la zurda y el balón entró limpio debajo de su banco, con suavidad, como a cámara lenta, y siguió su trayectoria hacia la calle.
Ocurrió entonces lo inevitable, uno de esos momentos que parecía haberse venido fraguando desde que el mundo es mundo. Vi, demasiado tarde, cómo una motillo que pasaba por la calle adyacente al paseo, al otro lado de los álamos, era impactada por mi balón, por mi gol. Se podría decir que fue la moto la que le cortó el paso al balón después de un bote.
No fue un balonazo ni mucho menos, y el que llevaba la moto apenas vadeó mínimamente su trayectoria. El balón rebotó hacia arriba y vino a caer prácticamente de regreso a mis pies.
El problema era que el que llevaba la moto, una puta vespino negra, no era otro que Rogelio, el Paranoias, como le llamaban en Andarax, un chaval unos cuatro años mayor que nosotros. Un cabrón que ya me había dado más de un disgusto, pero nada comparado con el que estaba a punto de darme.
Me cago en la virgen dijo Alejandro.
Eran los años de «me cago en la virgen».
Rogelio el Paranoias aparcó la puta moto contra el reborde del paseo. Creo que nuestro partido imaginado entre bancos iba 13 a 11 en ese preciso instante. No sé si iba ganando yo o mi amigo Alejandro.
Se dirigió a nosotros como un toro que entra en la plaza. Se había enfadado por la molestia del balón, que había dado en el sillín con la suavidad de un golpecito de brisa, pero era evidente que traía el encabronamiento ya puesto de antes. Alguna movida con la novia, alguna hostia que le habría dado el padre… quién sabe lo que le pasaba a aquella criatura, a aquel bully, como le llamaríamos ahora.
Eran los años de «niño hijo de puta» en vez de bully.
Un hijo de puta que se sacaba una navaja del bolsillo.
—¡Oye, tampoco te pases, que ha sido sin querer! le grité al Paranoias, temeroso de que me arreara una hostia, porque sabía que la navaja no me la iba a clavar. Y sus intenciones eran, definitivamente, usar la navaja, pero no en mis carnes.
Llegó hasta donde yo estaba y me arrebató el balón. Recuerdo que deseé con todas mis fuerzas que, simplemente, le pegara un patadón y lo embarcara en el terrado de alguno de los pisos que circundaban el paseo de Andarax, que ya me encargaría yo de recuperarlo después, pero lo que hizo fue clavarle la navaja con toda la mala leche del mundo, sin decir palabra, sin mirarnos ni a Alejandro ni a mí.
Recuerdo que sentí una punzada en la boca del estómago y que le grité con ganas, pero él ni volvió la cabeza, ni siquiera cuando le grité que era un hijo de puta. Las lágrimas que se habían mantenido a raya ante las noticias de la ida de mi buen amigo Alejandro me rodaban ahora por las mejillas.
Recuerdo el calor en las sienes, en el cuello, la rabia, la rabia, la rabia. Mi Mikasa desinflado sobre el suelo del paseo. Recuerdo que pensé que mi balón estaba muerto, como si se tratara de un ser vivo. Era el regalo de Reyes de mis padres. Recordé el brillo blanco del cuero cuando cayó en mis manos, la belleza de las costuras entre los octágonos.
No pasa nada me dijo Alejandro—. Te regalaré mi balón, no me lo voy a llevar a Vitoria.
—¿Cuándo te vas?le pregunté yo mirando al suelo para que no me viera las lágrimas. En la distancia, resonaba el eco de la puta moto negra del Paranoias.
Justo entonces, entre mi pregunta y la respuesta de Alejandro, se encendieron las farolas de la calle.
La semana que viene. Nos veremos unos cuantos días más, amigo.
Me fui caminando sin despedirme de Alejandro. Recuerdo que me llevé los restos de mi balón rajado y los tiré a la papelera que había al final del paseo, de camino a mi casa. Bajé la calle lateral al colegio y subí la cuestecilla que llevaba a mi casa y arrancaba pocos metros más abajo intentando calmarme y esconder cualquier rastro de mis lágrimas y del enrojecimiento de mis mejillas. Mis padres no debían notar que había llorado, y por nada del mundo les iba a contar lo ocurrido, seguramente ni cuenta se darían de la pérdida del balón. Si se enteraban de que me habían rajado el balón, a tenor de una lógica hoy día incomprensible, la hubieran tomado conmigo, no con el que me había rajado el balón.
Recuerdo que, al llegar a mi casa, mis padres, efectivamente, no notaron la ausencia del esférico. En la televisión ponían la serie que tanto le gustaba a Alejandro, Enano rojo, y recuerdo que mi madre había hecho de cena unos macarrones. 
—Ya era hora de que llegaras. Ahí tienes la cena.
Yo era un chico delgaíllo al que le costaba mucho comer y, con el mal rato que llevaba dentro, supe nada más oler aquellos macarrones que me sería imposible meterme uno solo en la boca.
Entonces supe que los problemas de aquel día todavía no habían terminado. 
Mi padre venía cabreado del trabajo. Ya habíamos tenido más de una discusión con el tema de la comida. Yo intenté explicarle que normalmente me los comería, pero que tenía mal cuerpo, que el estómago me daba retorcijones, que en el estado en el que me encontraba, los macarrones me daban asco.
No fue un comentario afortunado, así que me costó un chancletazo en la cara. Has leído bien: mi padre me dio con su chancla de goma en el oído. El pitido de una alarma comenzó a atormentarme dentro de la cabeza, y al calor de la rabia por el balón tuve que añadirle el ardor de aquel chancletazo.
Eran los años de «Tu madre se mata cocinando para que tú digas que te da asco, desagradecido».
Me fui a la cama sin cenar. En la oscuridad de la noche, bajo las sábanas y la colcha, pensé en Rogelio el Paranoias y le deseé la muerte. Recuerdo que no solo lo pensé, pues, como hijo único que soy, tenía, y tengo, la costumbre de hablar estando solo.
Ojalá te mueras, hijo de puta. Ojalá te mueras. Ojalá te mueras. Fueron las exhalaciones hechas palabras que se escaparon de mis labios y rebotaron entre las paredes de mi cuarto. Alguna de ellas salió entre las rendijas de mi persiana y se disparó hacia el firmamento.
Me dormí murmurando esas seis palabras.
Ojalá te mueras, hijo de puta.
***
El día siguiente comenzó a transcurrir con normalidad, de clase en clase, aunque, como es lógico, veía a mi amigo Alejandro de otra manera, sabiendo que estaba cercana su partida.
Eran los años sin móviles, sin WhatsApp, los años en los que, cuando un amigo se mudaba, aunque fuera a un pueblo cercano, ese amigo desaparecía de tu vida para siempre.
Recuerdo que cuando estábamos todos en las pistas en mitad del recreo, nos llegó a todos la noticia, una noticia que conmovió al pueblo tanto como recientemente lo hicieron las de mi amigo Alejandro desde el otro lado del mundo.
Acababa de matarse un joven en un accidente de moto, una moto negra. El cuerpo del pobre muchacho estaba en el tanatorio, y estaban buscando a gente que fuera a ver el cuerpo para identificarlo, y es que el crío no llevaba ninguna documentación encima ni nada que sirviera para identificarle.
Eran los años anteriores a los teléfonos móviles.
Yo supe en seguida de quién se trataba, y también lo supo Alejandro, y aquella certeza se me clavó en el estómago con el frío y la humedad de una barra de autobús.
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